Ad Libitum - Luis A. Calvo, mito e intuición

Por: J. Iván Hurtado Hidalgo (1)
Una constante histórica, fácilmente verificable, asocia con frecuencia los grandes nombres de la cultura con mitos derivados de circunstancias ajenas a la fuente de su grandeza. Un breve repaso nos pone ante la evidencia: la sordera de Beethoven, la conducta sexual de Wilde o la alienación mental de Van Gogh. La trágica circunstancia de estos personajes ha servido para alimentar la imaginación de adeptos y detractores, quienes pretenden encontrar en ella la razón de su genialidad, construyendo y magnificando la aparente contradicción entre la genialidad y la tragedia personal y pretendiendo explicar la primera a partir de la segunda. Éste es el caso de Luis A. Calvo, un genio intuitivo cuyo drama humano es identificado como la fuente suprema de su inspiración.
Lo cierto, sin embargo, es que nunca el impedimento auditivo del gran sordo de Bonn fue la fuente de su creatividad, ni sus obras, por trascendentes y revolucionarias lo son más si se piensa que fueron concebidas en medio del silencio absoluto. Ni sería justo imaginar que los colores y texturas del genial pintor impresionista tuviesen relación directa con su alienación, más que con la alquimia profunda de su percepción del mundo y de la naturaleza, o que las preferencias íntimas del dublinés fuera la fuente de su convicción filosófica o la razón última de su afiligranada prosa. A despecho de sus devotos admiradores, tampoco fue la lepra la razón del sentido romanticismo de la música de Calvo, ni la explicación de su pretendido nacionalismo.
Calvo fue, sin duda, un genio intuitivo, cuya dote original, perdida en las evoluciones de la mente y de la cultura, fluyó con espontaneidad sin que pueda afirmarse que su doloroso drama le hubiera potenciado. Es más, para cuando conoció el funesto diagnóstico, parte considerable de su legado estético ya estaba plenamente consolidado, y la sociedad capitalina aplaudía su destreza en el teclado tanto como admiraba la sutileza de su inspirada vena melódica.
Luis Antonio Calvo, nació el 28 de agosto de 1882 en la lejana población de Gámbita al sur del Departamento de Santander, de cuna humilde y campesina.
Desde su muy temprana infancia en su pueblo natal mostró Calvo una especial disposición hacia la música, disposición que no parece relacionarse con su sencilla procedencia. Este es el primer escollo que se ofrece a quien se acerca a la obra de este insigne colombiano, ya que las condiciones mismas de su nacimiento y la escasa documentación disponible en torno a sus padres y a su familia, ha permitido especulaciones de toda índole, no dudamos que bien intencionadas, pero que no aportan elementos de análisis que faciliten hallar alguna razón evidente de su predisposición por la música relacionada con su línea familiar. Tan sólo conocemos los mismos registros de la pluma del Maestro firmados en Agua de Dios en abril de 1924, en los que no da cuenta más que de las precariedades materiales que impidieron a su madre ofrecerle la educación que ella anhelaba para su hijo.
A la edad de los nueve años le vemos ocupado de lleno con la música, cuando ya el estudio de los aspectos de la técnica de interpretación de algún instrumento resulta tardío. Por lo tanto sorprende que el mozalbete hubiese encontrado motivación fuerte por el arte, tanto por el aislamiento geográfico de su tierra natal, como por la escasa provisión en materia de oferta educativa. Debemos suponer que parecería extraño en aquellas lejanas tierras y en su época que un muchacho de origen humilde y agobiado por el señalamiento social pudiese aspirar a algo más que un trabajo de labriego, o a duras penas a la educación básica que le permitiese insertarse en la burocracia comarcana en algún modesto lugar.
Por fortuna los desvelos de su afectuosa madre y la demostración de talento percibida a tan temprana edad, orientaron el futuro del muchacho lejos de las comidillas locales, no sin ingentes esfuerzos y sacrificios de la pobre mujer, ubicándolo en Tunja en donde encontró en un tal señor Pedro José Gómez León, profesor de música, las primeras orientaciones sólidas para su futuro como artista, y el apoyo básico para su formación escolar y su subsistencia. Actuando el Señor Gómez como padre sustituto del jovenzuelo, le ofreció a este la oportunidad envidiable de conocer a Beethoven, Mozart y Chopin, tal como lo narra el mismo Calvo en su lacónico esbozo biográfico. Pronto lo encontramos entre las filas de la Banda Departamental de Música de Boyacá, al cargo de los platillos, que muy pronto abandonó para interpretar por espacio de cuatro largos años el bombo, cuyo volumen, confiesa, le resultaba agobiante en los desfiles y retretas.
He allí lo poco que conocemos de sus primeras letras tratándose del oficio que le depararía un lugar de privilegio en la historia, y la inmortalidad. Paso a paso fue adquiriendo dominio del oficio y pudo interpretar algunos instrumentos cantantes en la banda, instrumentos que, nos aclara, hubo de estudiar por su propia cuenta. Tiempo después le hallaremos como un consagrado intérprete del violonchelo, enrolado en la famosa Lira Colombiana que creara y dirigiera el insigne compositor vallecaucano Pedro Morales Pino, y hemos de suponer que tuvo la oportunidad de conocer las salas de concierto y el aplauso del público entusiasmado con los pasillos y bambucos. Sin embargo, fue el piano el espacio de sus dominios y al mismo tiempo la fuente y el destinatario de sus más elevadas inspiraciones; en el complejo microcosmos del teclado de ébano y marfil hallaría a la vez un confidente fiel y discreto, y un elocuente intermediario para la comunicación con el mundo y con la historia.
Por las razones enunciadas al iniciar este escrito, eludiremos deliberadamente adentrarnos en el socorrido tema de su desgracia personal derivada del contagio estigmatizante del mal de Hansen. Lo eludimos porque es justamente este triste episodio la fuente de la mayor parte de las distorsiones y la rampa de lanzamiento de toda clase de mitos y exageraciones en torno a la existencia de un hombre que supo superar el destierro con dignidad, y que a pesar de él y de los quebrantos de su salud y la consecuente ansiedad que ellos le originaron, encontró en la música acogedor refugio y amplio canal dialogar con el mundo.
Ante todo y dando crédito pleno a sus propias palabras, debemos reconocer que no fue Calvo un hombre atribulado por la incomprensión; todo lo contrario: fue admirado por todos, y muy especialmente por la exigente y estirada sociedad capitalina de principios de siglo, cuyos salones y costumbres le fueron habituales, ya que era frecuente contertulio e invitado de excepción a las galas y a las tertulias domésticas. Su talento siempre le fue reconocido con generosidad, aunque durante los primeros años, antes de trasladarse a Bogotá en mayo de 1805, hubiera de ser víctima de las estrecheces económicas, como campesino que era y que intentaba hallar un lugar entre las gentes altivas de la ciudad. Buena parte de las dificultades económicas provinieron del mismo estado generalizado de la economía nacional, convaleciente de la pintoresca Guerra de los Mil Días.
Aquí nos debemos apartar de la anécdota para intentar una aproximación al artista; al formidable artista que nos dejó como herencia un manojo de composiciones diáfanas, originales y bellas, que constituyen al decir del pedagogo, investigador y compositor chileno radicado en Colombia, el Maestro Mario Gómez-Vignes, “uno de los más ricos patrimonios con que cuenta esta nación”, y del que aconseja no podemos permitir que caiga en los abismos del olvido.
Muy autorizados juicios en reconocimientos en torno a la calidad e inspiración de las composiciones de Calvo, sin ocultar –como es el deber de mentes rigurosas- aquellos lugares en donde el genio luce distante de su musa o complaciente con los requiebros de la moda. Por fortuna, y ello se puede verificar al observar sus partituras en conjunto, la alta calidad y el esmero en el pulimento del estilo son infinitamente más abundantes que las humanas imperfecciones o los desvaríos pasajeros. En primerísimo lugar no dudamos en señalar que no encontramos en Calvo ese personaje derrotado por la tragedia, como muchas veces se le ha señalado. Todo lo contrario: le vemos siempre orgulloso de cara al futuro, preocupado por acoger y apropiar los avances y los más recientes logros universales en materia musical. Fiel testimonio de ello podría ser la proximidad existente entre su Arabesco y la primera de las dos piezas de Debussy que llevan ese mismo título, con sus aterciopeladas sinuosidades. Algunos hallan en las ornamentaciones de algunas de sus piezas más elaboradas para el teclado, como lo que sucede en su capricho Cartagena o en el preludio religioso Spes Ave cierta elocuencia melódica que recuerda a Chopin. Y por supuesto es innegable que el espíritu de la habanera antillana ilumina con sus sensualidades y su cadencioso acento tropical el corpus completo de sus inefables danzas, entre las cuales podríamos destacar las intituladas Carmiña , Malvaloca , María Elena , Rubia Espiga , Madeja de Luna y hasta la velada queja de su Adiós a Bogotá , escrita a la partida definitiva hacia el exilio de Agua de Dios en medio del crepúsculo de una tarde de mayo de 1916.
Bien lejos de la desgracia o de la derrota se hallaba Calvo en los salones y los teatros capitalinos en donde recibía el aplauso generoso y las múltiples declaraciones de admiración de la exquisita sociedad. Su música colmaba las aspiraciones estéticas de una generación que emergía de las ruinas de la guerra y se solazaba en reproducir –mediando las limitaciones de tiempo y lugar- los ecos que llegaban de las distantes metrópolis europeas o americanas. Fiel testimonio de ello es el ramillete de obras chispeantes de picardía y elegancia que con los sugestivos títulos de Gavotta, Minueto, Polka o Mazurca nos dejó Calvo como testimonio de su fértil inteligencia y su amor por la vida. Son las muestras de la moda de la época identificada como “música de salón”, institución que hunde sus raíces en el viejo mundo, y que colmó con sus sonoridades ligeras y gráciles tanto las salas resplandecientes de espejos en Versalles, como las sobrias galerías republicanas de los caserones de la añeja Bogotá. Se escuchaba esta música tal vez, entre libaciones y chascarrillos, en las veladas íntimas o tertulias, como solían llamarlas los españoles y con la misma intención nuestra aristocracia criolla. Fue en este género de música, breve y poético, en el que Calvo halló su más profunda identidad, y ello lo aproxima más a Schubert o a Grieg, a despecho de quienes lo han querido colocar en injusto parangón junto a la efervescencia heroica y la poderosa elocuencia de las grandes estructuras de Chopin, de Liszt o de Beethoven, así fueran estos, los animadores de las veladas que se celebraban allende el mar.
Fue Calvo un maestro de la intimidad más que un nacionalista exaltado; por eso su lenguaje fluye entre susurros y en frases aterciopeladas y lacónicas. Nunca abordó la polifonía ni las estructuras monumentales del romanticismo alemán o francés, y apenas se aproximó tímidamente a la escena lírica. Bien sabía, esto es seguro, que su lenguaje había sido cocido en las cálidas y discretas estancias del hogar, nunca en medio del fragor de las revoluciones o bajo el influjo de la arenga revolucionaria. Su música es, toda canto de afectos y pintura de paisajes rústicos. Su poética es ingenua y translúcida; nunca tormentosa o apasionada. Prefiere el canto al afecto materno o al amor platónico, que el dibujo de tormentas pasionales. Se extasía en el color de la floresta aunque algunas veces se refugia en las sombras de la noche, más para ocultar con admirables discreción y dignidad el dolor, que para exhibirlo con desvergonzado ademán. Mientras Julio Flórez se inspira en sus trágicas Flores Negras, Calvo le canta al candor del afecto humano, aunque no desprovisto enteramente de ardores. Prefiere el giro poético de la usanza que el grito desgarrado o la peroración intensa. Los textos de sus canciones provienen de sus amigos poetas, a quienes logra interpretar con infalible acierto de artesano, y pocas son sus propias estrofas, las que casi siempre se dirigen a su madre o tienen como intención corresponder candorosamente los cumplidos de alguna dama de las muchas que admiraron su música.
Pero si hemos de escoger de entre sus inspiradas páginas algunas, para señalar aquellos mejores logros de su fecunda creatividad, hemos de aproximarnos al extenso catálogo de sus valses y de sus pasillos. En los ritmos estrictos de los primeros vierte su poderosa introspección y con ella las atmósferas de sus vivencias más íntimas, de sus más recónditos paisajes interiores. Baste para ello escuchar los compases iniciales del vals Encanto , la cadencia serena de Diana Triste , o el pulso contenido de los intitulados Eclipse de Belleza , Anhelos , y Secretos , y esa confesión abstracta que reposa en las frases de Amor de Artista . Todo en sus valses es premeditado, cuidadosamente calculado, finamente cincelado, y demuestra un manejo impecable del color tonal, un dominio evidente de los recursos del piano y un sorprendente conocimiento de la armonía, más admirables aun por venir de una mente inquieta, discreta e intuitiva.
En cuanto a su preferencia por los pasillos, bien lo confiesa el mismo maestro al decir que “lo que no sea bailable no se vende, no vale nada”. De alguna manera Calvo nos confía que se siente víctima del gusto simplista y ramplón de la masa, pero su poderoso estro creador se eleva por encima de las concesiones de orden comercial, y construye sobre el contagioso y arrobador pulso de tres cuartos, páginas cargadas de picardía y elegancia. En ellas encontramos esa rítmica particularmente fácil, herencia de su terruño, dispuesta por naturaleza hacia la danza. Sus pasillos transpiran un pulso lleno de nervio y espíritu alerta, que no se repiten en otros autores de pasillos. En todos ellos Calvo se complace en agregar un adobo picante y sutil; un toque muy cercano al humor, aunque sin duda en otras páginas del género da rienda suelta a su sentimiento y a su instinto poético: Blanquita y Trébol Agorero podrían encajar a esta vertiente lírica, mientras que Entusiasmo , Genio Alegre y La Chata dan cuenta de su buen humor y de su gracia espontánea y natural.
Y si hemos de abordar lo más profundo de su pensamiento y la quinta esencia de su inspiración, tendremos forzosamente que inclinarnos reverentes ante su “Tetralogía Dorada”, los famosos Intermezzi . Cuatro páginas de impecable factura, en las que hallamos lo más original de sus logros, y al mismo tiempo ese Calvo cuyo refinamiento en la idea carece de rivales en nuestra historia musical nacional. Cierto que versiones mal logradas y rutinarias del Intermezzo No.1 (1910) han confundido la pieza con una plegaria lamentosa, lánguida y desolada, muy lejos del inspirado lirismo que la impulsa. También vale la pena señalar que las sugestiones de encontrar en esta música serena y elocuente ideas o pretensiones de un sinfonismo pianístico que le son enteramente ajenas ha estropeado, en algunos casos, su música pletórica de melodías austeras y de serena prosodia; la más socorrida para tratamientos sinfónicos ha sido la segunda (1916), su célebre Intermezzo No.2 , o Lejano Azul , que de tanto oírla en versiones almibaradas y de una grandiosidad exagerada, tendemos a confundirla con alguna de esas creaciones de ocasión hechas para salir al paso de alguna necesidad. Pero nunca es eso más lejano de la realidad que encarna este trozo, pues pese a sus impulsos de contenida elocuencia siempre discurre entre atmósferas de un conmovedor claroscuro. El Intermezzo No.3 es el menos conocido y frecuente en los recitales, pero al mismo tiempo el más desarrollado y el más intenso en su expresividad; finalmente, el Intermezzo No.4 es reclamado también entre las supuestas piezas heroicas de Calvo, circunstancia que apenas alcanza en su enfática frase inicial que nunca vuelve a repetirse; muy pronto se disipa la tormenta y de allí en adelante la pieza es igualmente íntima hasta la conclusión del ciclo con un susurro apenas perceptible.
Muchos otros géneros musicales abordó el compositor santandereano, entre ellos las sempiternas marchas de celebración (que algunas veces orquestó para banda) y las melodías de culto religioso, tales como himnos, cánticos y salves, dedicados a la Virgen y a los Maestros de la comunidad religiosa salesiana que le acogió con dulzura durante su largo retiro hasta el final de sus días. Buena parte de estas oraciones con música se reúnen en el volumen de 1937 que tituló Arpa Mística , que nos señala la intención de las obras, que no llegan a competir con su inspiración humana. De entre las tonadas y ritmos de moda que abordó ocasionalmente, encontramos una titulada Blanca en ritmo de rag-time , otra que denomina Reina Infantil a ritmo de one-step , y su famoso y soñador tango Estrella del Caribe , con las cuales hace un sutil guiño a la danza, sin caer jamás en la ramplonería.
Curiosamente, Calvo compuso pocos bambucos; de hecho figuran tan sólo cinco en su extenso catálogo, pero todos ellos son pequeños joyas: Ricaurte , El Republicano y Yerbecita de mi Huerto son los más conocidos, a más del Bambuco sin título que cierra la única página de original intención sinfónica que abordó el maestro: sus Escenas Pintorescas de Colombia , único intento de música de programa, inspirado en 1941 por las peregrinaciones de devotos aldeanos a Chiquinquirá. En esta extensa y a veces divagante partitura queda demostrado que fue Calvo indudablemente un maestro de la miniatura, y nunca un espíritu heroico o grandilocuente. Es un cuaderno que recoge numerosos trozos de genuina y fresca inspiración, que se confunden con dilatados pasajes en cuyas estructuras el maestro pareciera tambalear y extraviar el rumbo, y no pocas veces las culmina en la solución simple y evidente, sin los toques de la magia y la poesía.
Conocemos algunos trazos de un intento de opereta titulado Noche en París (Preludio, dos Valses y un Tango), ciertamente graciosos, paro lamentablemente poco divulgados, que nos demuestran una vez más que era Calvo poseedor de un espíritu insaciable e inquieto. No en vano el aristocrático y altivo Maestro Guillermo Uribe Holguín lo contó entre sus discípulos protegidos y le ofreció la opción de acercarse al conocimiento académico, que sin duda Calvo aprovechó al máximo.
De esta manera hemos querido registrar la obra y la persona de Luis Antonio Calvo, como fieles testimonios de una época, aquella correspondiente a los primeros treinta y cinco años del siglo XX. Un artista que está al día con las corrientes y los logros de sus contemporáneos, tanto de América como de Europa. Quizá en otro medio y con mejor instrucción musical hubiera alcanzado mayor notoriedad, pero sin duda representa mejor que muchos de sus colegas el sentir de una época en la que hacer música era una especie de apostolado; agregamos que aunque fue herido profundamente por la tragedia, Calvo jamás encontró en ella refugio o justificación para la autocompasión o para exorcizar los demonios que asaltaron sus soledades. Al contrario, se eleva por encima del doble suplicio, el físico y el moral derivado de la condena al destierro, y cantó en todos los lenguajes. Si en algunas ocasiones sus tonos son sombríos, no es así ciertamente en toda su opus , y de en medio de la tragedia extrajo lo más hermoso y muchas veces lo más conmovedor de su inspiración y de su sentir. Su música es más evocación que drama, y las nubes oscuras se disipan tan pronto aparecen en el paisaje de su pentagrama, siempre transparente y fresco, siempre directo, intuitivo y original, fruto de la sociedad elemental de donde surgió y la cual quiso idealizar.
No le faltaron a Calvo amigos de verdad. El más entrañable de los que el mismo maestro cita fue el poeta e intelectual de muchos kilates, Dr. Adolfo León Gómez, que le acompañó en sus horas aciagas de Agua de Dios. Muchas damas encopetadas y elegantes caballeros de rancia cuna expresaron admiración por su obra, y algunos le brindaron apoyo y soporte material y moral cuando hubo menester. Viajó y visitó muchos lugares arrancando aplausos y exclamaciones de reconocimiento por la excelente factura de su música, aunque no ocultó en su boceto biográfico un reproche a su patria chica, Santander, que lo relegó al olvido como a sus demás hermanos heridos por la misma desgracia, la lepra, en torno de la cual se edificó el mito que por décadas ha ocultado el real valor de su genio entre brumas y ditirambos inútiles.
Hacia el final de sus días –Calvo sobrevivió a la lepra-, encontró la compañera fiel y amorosa en doña Ana Rodríguez, quien le sobrevivió por casi cuatro décadas. No tuvo herederos de sangre y su musa se silenció discreta y serenamente en Agua de Dios, al fallecer entre muestras de afecto y respeto, la tarde del 22 de abril de 1945. Su madre amorosa había muerto en 1940, episodio que le llenó de congoja, y su solícita hermana Florinda falleció diez años después, en 1955. Los manuscritos de su obra, editada en buena parte en vida del maestro, permanecen dispersos en manos de coleccionistas y admiradores, y esperan que un esfuerzo institucional responsable los reúna y rescate para gloria de Colombia y como legado de un aldeano humilde que se elevó a las cumbres de la inmortalidad, más allá del mito y por el mérito de su admirable intuición.

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