Pedro J. Ramos

 

Un Innovador en la Música Folclórica

 

 

 

 

 

Por: Caros Orlando Pardo (Tomado de la Revista Aquelarre de la Universidad del Tolima

 

En Ortega, población de amplia tradición indígena, un día de inocentes, el 28 de diciembre de 1934, nació el que iría a ser uno de los protagonistas de la música, el periodismo, la política y el avatar cotidiano del Tolima, alcanzando sus canciones un rotundo éxito nacional e innovando el género a través de los mismos ritmos tradicionales por el contenido de sus temas que planteaban los problemas del hombre contemporáneo, concretamente los de tipo social. 
Realizó Pedro J. Ramos sus estudios primarios en la escuela pública de su patria chica y los de secundaria en el colegio de San Simón donde respiraría el ambiente del inconformismo, de los libros y la rebeldía. En la Universidad Libre de Colombia cursa sus estudios de derecho y obtiene su grado de abogado. Se desempeñará, en ese campo, particularmente en lo administrativo, y llegará a ser el estudioso que ejerce la cátedra universitaria, la política y el periodismo, o se atareará en cargos de responsabilidad como juez de la república, secretario de hacienda del Tolima, contralor del departamento o notario, su última estación cuando iniciara el camino de los adioses en medio del cariño y el dolor de sus coterráneos. Alternando su actividad periodística y pública con la música, comienza su periplo por el mundo del pentagrama cuando ingresa en 1961 al conjunto de cuerdas Chispazo, de Ibagué, siguiendo la tradición de su abuelo materno, Zacarías Ramos, quien dejó numerosas composiciones, algunas de ellas estrenadas en 1971 por el maestro José Ignacio Camacho Toscano, director de la banda departamental, poco antes de iniciar el período en que su propia música va a ser reconocida. Entonces recordará que su afición por la guitarra tuvo en Garzón y Collazos a sus mentores y comprenderá que con el estudio del órgano, instrumento que manejaba con destreza, había adquirido una técnica musical más amplia. 
Ya en 1973 alcanza el primero de una serie de homenajes cuando en Ortega resaltan su trabajo y le conceden la Tarjeta de Plata, ejemplo que va a seguir la banda departamental del Tolima al distinguirlo con la Fulgencio García en 1975.
Aunque tímido, poco amigo de los oropeles, el entusiasmo y el cariño de los admiradores de su obra, no permite a su espíritu generoso el rechazo, y acepta. en 1977, una Mención de Honor de parte de La Voz del Tolima; otra en 1978 del Festival del Bunde del Espinal, repetida al año siguiente, a las que se suman la Orden Pacandé en Natagaima, para más adelante, en 1987, encontrarse con Mención de Honor en el Festival Colono de Oro de Florencia, y la que mucho apreciaba, la Alberto Castilla del Conservatorio de Música del Tolima. En 1988 alcanza la condecoración Venado de Oro en Venadillo y el Concejo de Ibagué le hace entrega de la Medalla de Honor al Mérito Musical. 
Sin embargo, la que le confería el pueblo al cantar sus canciones, era considerada por él como su mejor trofeo. Su primera obra fue el bambuco Ortegunita, escrito en 1973 y dedicado a Melba, su esposa, grabado por Garzón y Collazos a través del sello Sonolux y que le dejaría, como experiencia inicial, el irrevocable deseo de continuar componiendo música.
al grupo de cuerdas colombianas Chispazo, varias veces galardonado, e ingresa cada vez con mayor pasión al mundo de la música. 
Sus obras más conocidas, la guabina Vivirás mi Tolima, Ojalá no crecieras, A ritmo de vals, Ora si entiendo por qué, un bambuco protesta que en 1976 vendió más de 30 mil discos y Volaron los años, otro vals, son parte apenas de un vasto repertorio del cual se grabaron 23 canciones con letra y música suya. 
Fueron interpretadas sus obras no sólo por Garzón y Collazos, entrañables amigos suyos quienes prensaron sus éxitos, sino por el dueto Gran Colombia y los incomparables Silva y Villalba, los hermanos Casallas, Aristo y José, el dueto Viejo Tolima, Los tres Carlos, Los inolvidables, Tierra Caliente, José Ariza y Gustavo Torres, su compañero de toda la vida. Otra parte de su producción tuvo música de José Ignacio Camacho Toscano y letras de Alberto Santofimio, Raquel de Galvis, Cesáreo Rocha Ochoa, quedando inéditas 18 canciones que apenas se escucharon en algunas reuniones donde reincide en bambucos protesta como Me niego a odiar, en pasillos, valses, guabinas y hasta un pasodoble. 
Sembrar la más bella lección de amistad y de música, como afirma el maestro César Zambrano, convertirse en habitante de la memoria del pueblo, al decir de Camilo Pérez, ser calificado como el que inicia la corriente innovadora de los aires vernáculos, de acuerdo con Helio Fabio González Pacheco, es parte del patrimonio de este orteguno que fue un poeta, un músico, un periodista que amó su tierra y un funcionario eficaz cuando se desempeñó en la burocracia. 
Entendió bien, como escribe González Pacheco, que debía dejar de lado la timidez en el camino de la renovación iniciada por otros sin clara determinación y comprendió que la música no sólo debía cantar al paisaje, a lo pintoresco, lo mítico, los labios y los besos, sino adentrarse por campos de mayor contenido crítico y social. Es así cómo, sin dejar los ritmos folclóricos tradicionales, modificó los temas. Cuando era apenas estudiante universitario se sintió atraído por la revolución cubana y militó en las filas del Movimiento Revolucionario Liberal que surgía como abanderado del inconformismo. 
Denunció sin temores la injusticia, participó en toma de tierras e invasiones, defendiendo con ardentía a los humildes con una postura crítica frente al manzanillismo de los dirigentes que se empotraban en los micrófonos y la mentira. Pedro J. Ramos ejerció el periodismo desde sus años de estudiante de derecho y fundó el semanario Atalaya que él mismo dirigía y redactaba, todo al servicio de las ideas y el programa del MRL. 
Lo sostuvo durante más de tres años con cerca de 300 ediciones y cubrimiento departamental, encontrando colaboradores jóvenes que irían a ser, años después, protagonistas del acaecer político y cultural del departamento. Desde 1960 hasta 1962, sostuvo en el diario Tribuna, una columna de crítica y denuncia titulada Ideario liberal que aparecía los martes y viernes. Fue también columnista de Izquierda, periódico del maestro Gerardo Molina, La Calle, del MRL y algunas publicaciones de carácter locatario, entre ellas Revolución, Bandera Roja. El Cronista y El Progreso. 
Por su capacidad intelectual y su actitud solidaria frente al gremio, el Colegio Nacional de Periodistas lo designó socio honorario. 
Fue notario de Ibagué, otorgándole a su oficio un perfil de modernidad y eficacia, la misma que colocaba a sus planteamientos y a sus disquisiciones en las tenidas masónicas de la logia de Ibagué, de la cual era miembro destacado. 
Desde su vinculación a la Universidad Libre se había iniciado en la masonería en cuya logia permaneció durante muchos años. Ejerció la cátedra en la Universidad del Tolima y el departamento de extensión cultural le editó un importante volumen con partituras suyas. 
Después de su muerte, la Universidad bautizó con su nombre la Sala de Música y en ella el maestro César Zambrano ha realizado conciertos basados en su obra. Helio Fabio González Pacheco, traza en su libro Historia de la música en el Tolima, una breve semblanza del compositor. 
Tras reseñar su obra musical dice González: «Pedro J. Ramos conservó en su mente las imágenes de muchas arbitrariedades cometidas en su tierra. Vio, por ejemplo, cómo una compañía extranjera, hacia los años 60, extraía petróleo en Ortega sin pagar regalías ni a la nación ni al municipio, lo que significaba un obsequio para los explotadores. Eso lo impactó. 
También le dolió la vida campesina en Ortega; cómo la existencia del campesino depende del escaso rendimiento de su minifundio, y cómo el trabajo apenas le permite subsistir, a veces en condiciones infrahumanas. Esa situación le dio motivo para, a través de su bambuco Qué es Macondo, expresar aquella tragedia, pero sacándola del ámbito regional, dando así a su mensaje un carácter universal». 
En la obra musical de Pedro J. existe la siguiente dualidad: Por una parte algunas de mis canciones son de orientación protesta; por otra –prosigue Ramos-, yo soy una persona romántica que expresa ciertos sentimientos, tratando de darles siempre un alcance universal para que la canción no pierda su mensaje, y para que no deje de ser entendida cuando sobrepase ciertas fronteras geográficas. 
Desde luego, le he cantado a mi tierra, a Ortega, al Tolima, pero aspiro también a manejar algunos temas de alcance más ecuménico. Tal vez sólo en el entierro del maestro Alberto Castilla o en el de Eduardo Collazos y Darío Garzón, la ciudad se volcó de una manera desmesurada a las calles para rendirle el último homenaje. Numerosos fueron los conciertos y el batir de pañuelos blancos que recordaban el lugar que ocupó en el corazón del pueblo por el que combatiera con vigor a lo largo de su vida y al que entregara sus canciones y sus sueños.
 
 

 

 

 

 

 

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